Operación iPhone: por qué crecen los robos del celular «inviolable»

El 10 de diciembre del año pasado, Lucas cubría la votación del Proyecto de interrupción Voluntaria del Embarazo en las afueras del Congreso. En un momento, guardó su iPhone 11 en un bolsillo y levantó el drone para tomar imágenes de la Plaza. Desde una tableta, observó los planos. Y cuando lo bajó, y quiso tomar su celular, se llevó la sorpresa: ya no estaba.

Desde ahí, caminó ocho cuadras hasta su casa. Gracias a una aplicación pudo detectar que su teléfono se había activado en Corrientes al 2300, Balvanera. Ese mismo día se dirigió a la comisaría 1era. para hacer la denuncia.

El policía que le tomó declaración puso dos trabas. Decía que para notificar que el teléfono había sido detectado en Corrientes al 2300, el aparato debía seguir encendido. Algo difícil, ya que los teléfonos robados suelen apagarse al instante. Además, argumentó que “necesitaba ver en la pantalla de su computadora que la aplicación marcaba la dirección mencionada”.

Al día siguiente, Lucas se decidió y llegó al punto rojo guiado por la app y se encontró con todo tipo de situaciones: con un ladrón que sacaba diez teléfonos de una mochila y negociaba los precios con el encargado de uno de los cerca de treinta locales de la galería, con tres policías que miraban todo, con encargados que señalan a sus colegas del piso de arriba como responsables de comprar teléfonos robados.

A las semanas, Lucas se encontraría con otra sorpresa: el resumen de su tarjeta de crédito incluía una compra de 7 mil pesos que no había hecho. Se trataba de una compra en un restaurante peruano, realizada desde su iPhone, por intermedio de una aplicación de delivery.

Entonces, la víctima decidió contar en redes sociales lo que le estaba pasando. Y se volvió a sorprender: recibió decenas y decenas de comentarios. Todos contaban experiencias similares: hurtos de iPhones, localizados por última vez en Corrientes al 2300.

“Yo no trabajo de investigador de la Policía. Pero cinco minutos de recorrida por la galería me alcanzaron para entender todo lo que otros también deberían entender”, dice, a 70 días del robo, y aún sin poder reponer el teléfono, valuado en 130 mil pesos.

La galería en cuestión, «La Internacional», fue allanada en diversas ocasiones. La última vez fue hace menos de un mes. El saldo del operativo fue de cuatro detenidos (tres tenían pedido de captura y, el otro, orden de expulsión del país) y se incautaron 225 teléfonos robados, 208 baterías y una computadora para desbloquear celulares. Diez locales fueron clausurados.

En abril de 2018, los resultados llamaron más la atención: la Policía de la Ciudad había ingresado para recuperar cerca de 500 teléfonos. Días antes, en el festival Lollapalooza, se habían robado al menos 270 aparatos. Casi la totalidad habían sido localizados en esa galería. En conjunto con esa fuerza de seguridad, la Agencia Gubernamental de Control de la Ciudad reportó que durante todo 2020 y lo que va del 2021 se realizaron un total de 63 operativos, con casi 1000 aparatos secuestrados.

En Argentina no hay datos exactos sobre el robo de celulares. Primero, porque casi nadie denuncia los robos, a no ser que deban hacerlo para cobrar el seguro. El último dato oficial es de 2019: según el Ente Nacional de Comunicaciones (Enacom), en el país se denunciaban, en promedio, 166 celulares robados por hora, a razón de casi 4 mil por día y de 1,4 millón por año. Pero menos se informa aun de todo el circuito que hay detrás de cada robo de equipo, que ya se parece al robo de autos y el posterior desguace.

La clave es el negocio

Para comprender cierta modalidad del delito, hay que conocer el negocio que hay detrás. En los últimos años, desde cuando el efectivo comenzó a dejar la calle a medida que aparecieron billeteras virtuales y otros tipos de formas de pago, los delincuentes debieron afinar el perfil de «comerciantes». Analizar el mercado y decidir qué producto robar. Reinventarse en línea con la tecnología y a las nuevas medidas de seguridad. En especial, los punguistas, que seguían robando billeteras y carteras, que venían cada vez con menos billetes.

La ruta del iPhone y del resto de los celulares nace cuando el ladrón lo tiene en su poder. La segunda parada tiene dos opciones. El punguista puede ofrecerlo en su barrio, vendiéndoselo a un particular. Muchas veces, el vecino paga el equipo en cuotas. En ese caso, el punguista gana un poco más. Y se garantiza ingresos fijos. Esto ocurre con todas las marcas menos con los iPhone.

La otra opción (que incluye al producto de Apple) son los «reducidores de celulares», que operan en las galerías como «La Internacional», allanada decena de veces. El punguista se acerca y vende todos los equipos que se robó en el día. Cuando los aparatos son más de 20, la cita es fuera de la galería (por los policías de civil, que están atentos a los que salen de la galería, para extorsionarlos). Donde el ladrón o la banda proponga. Se estima que cada celular robado es comprado por los reducidores a un 25 o 30% de su valor real. Pero en la cantidad, el botín es interesante.

Con los que no son iPhone, luego de «limpiarlos» y de hacer el paso a paso que conlleva a la reinserción del celular en el mercado, el «reducidor» lo publicará en grupos de redes sociales o páginas de compra y venta. Lo ofrecerá como «usado». Si nuevo, y legal, costó $ 50 mil, y el ladrón recibió unos $ 15 mil, el comerciante ilegal podría pedir unos $ 35 mil por el teléfono. La ganancia sería de $ 20 mil. Pero aun hay una opción más «rentable».

Consiste en la venta de los repuestos, pieza por pieza, siempre en las mismas plataformas. En Argentina es difícil obtener el permiso para poder comercializar repuestos originales y tener de proveedor a las grandes empresas de telefonía. Por eso hay mucho producto «genérico», o «copia», que suelen provenir en contenedores, desde China.

«El cliente siempre va a preferir el original, por más que sea usado», dice Julio Seco, gerente de Intitech (una empresa de telecomunicaciones) y técnico en celulares. Y agrega: «El problema es que hay técnicos que colocan repuestos originales pero usados, y el cliente cree que tiene uno nuevo, o no sabe darse cuenta de que tiene algo usado porque al ser original, no le ocasionará problemas de funcionamiento».

Esos repuestos usados suelen ser de los equipos robados.

Es cuestión de citar un caso concreto para entender los números que hay un juego en cada teléfono. Un Samsung A51, valuado en $ 46 mil, en el mercado negro podría pagarse a $ 13.800 a un punguista. El reducidor, con esa «inversión», podrá vender los siguientes repuestos, como si fuesen nuevos: cámaras (son cinco, a razón de $ 4.500 cada una), batería ($ 3.500), carcasa ($ 3.500), placa de carga ($ 1.000 ), flex ($ 2 mil), varios ($ 2 mil). Lo más costoso es la pantalla. Nueva, cuesta $ 28 mil. Pero usada, original, podría venderse a $ 15 mil o $ 20 mil, ya que es eso o una copia. La «ganancia» sería de $ 40.700.

Si el aparato está en muy buen estado y se nota que la víctima lo había comprado hace una o dos semanas, habrá otro tipo de negocio: se invertirá en la caja del modelo (se venden en las mismas plataformas online), en una batería y en unos auriculares nuevos. El toque final consiste en pulirlo hasta que quede como nuevo. Y así se venderá. Como salido de fábrica.

Con los iPhone, el paso a paso es distinto. El ladrón lo roba y lo primero que hace es apagarlo. «iPhone cuenta con un sistema de seguridad inviolable. Superior al de Android. Eso hace que el IMEI no se pueda adulterar y quedará obsoleto. El reducidor solo podrá comercializar los repuestos», asegura Seco.

Eso mismo les dicen a los ladrones: que se lo pagarán menos porque un iPhone solo sirve para repuestos (en porcentaje, es menos que el 25 o 30% que se paga por un Android). Pero a Lucas, cuando le robaron el teléfono que le figuraba haber sido detectado por última vez en la galería de Corrientes al 2300, le mandaron mensajes de texto. «Se hacían pasar por el sistema de Apple. Me pedían que ingresara a un link donde me solicitaban la clave de mi dispositivo. Entré y me encontré con una página prácticamente igual a la de Apple. Pero no completé los datos que me pedían», recuerda.

A Lucas, supuestamente de Apple, le habían asegurado tener el celular, y que se lo entregarían en los próximos días, siempre y cuando completara los datos «para poder configurarlo otra vez». Si lo hacía y completaba los casilleros de su contraseña y número de iCloud, el reducidor y la gente que trabaja para él podrían acceder al teléfono. Luego, borrarían la cuenta de Lucas, colocarían otra tarjeta SIM y el aparato estaría listo para salir a la venta. En este caso, en el mercado se cotiza a $ 140 mil.

Durante semanas, Clarín escuchó testimonios de víctimas que habían sufrido el robo de sus iPhones. Todas decían haber recibido mensajes como los que leyó Lucas. En algunos casos, el que estaba del otro lado decía ser de la Policía o hasta de un call center de Apple en México. Aunque pedían lo mismo: contraseña y número de ID. La modalidad de estafa es internacional. En Internet pueden leerse recomendaciones de usuarios y de policías de distintas partes del mundo, advirtiendo sobre la situación.

(Clarin)